La fecha política más sensible de Taipéi encontró a la isla atrapada entre el ultimátum de Xi Jinping, los giros imprevisibles de Donald Trump y un malestar que ya se refleja en las encuestas. Crecen las dudas sobre el apoyo militar de EE.UU. ante un escenario cada vez más incierto.
Por Fernando Capotondo para El Vanguardista y sus medios de comunicación de Ecuador
En el ajedrez de la política asiática, el 520 funciona como un número cargado de señales. El 20 de mayo – mes 5, día 20 – las autoridades taiwanesas inauguran un nuevo mandato o presentan balances de gestión que suelen ser observados desde Beijing, Washington y buena parte de la región Asia-Pacífico. Este año, el segundo aniversario de la administración de Lai Ching-te llegó atravesado por un clima bastante más áspero que de costumbre. La tensión volvió a escalar tras la reciente cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump, en la que el presidente chino lanzó una advertencia que todavía sigue resonando: “La independencia de Taiwán y la paz en el Estrecho son tan irreconciliables como el fuego y el agua”.
La frase se repitió en los últimos días en gran parte de las conferencias de prensa, comunicados oficiales y declaraciones políticas del gobierno chino. Desde el Ministerio de Relaciones Exteriores, el vocero Guo Jiakun la citó al pie de la letra cuando salió a responder al discurso del 520 de Lai, a quien calificó como un “perturbador, creador de crisis y saboteador de la paz”.
“Las fuerzas separatistas de la ‘independencia de Taiwán’ constituyen el mayor destructor del status quo en el Estrecho y la mayor fuente de interrupción de la paz y la estabilidad en la región”, denunció el diplomático.
En lo que podría interpretarse como las “Cuatro verdades de China sobre Taiwán”, Guo explicó que “solo hay una China en el mundo, Taiwán es una parte inalienable del territorio de China, el Gobierno de la República Popular de China es el único gobierno legal que representa a toda China y los dos lados del Estrecho pertenecen a una y a la misma China”.
Esta ofensiva discursiva incluyó a los portavoces de otros organismos chinos, que – con cierta vehemencia – plantearon que Lai “muestra una actitud agresiva por fuera, pero débil por dentro” y su discurso está lleno de “mentiras, hostilidad y confrontación”.
Cumbre borrascosa
Durante la cumbre Xi-Trump, Taiwán volvió a ocupar el centro de la discusión bilateral. El mandatario chino le reclamó a su par estadounidense que dejara de enviar señales ambiguas sobre la isla y respetara estrictamente el principio de una sola China, la fórmula diplomática que sostiene la relación bilateral desde los años 70.
Trump, lejos de endurecer el discurso frente a Beijing, eligió moverse con un pragmatismo casi transaccional. Días después, en una entrevista con Fox News, dejó una definición que en Taipéi generó un frío inmediato en la espalda de más de un funcionario:
“No busco que nadie se independice. Y, ¿saben?, ¿se supone que debemos viajar 9.500 millas para librar una guerra? No busco eso”.
En Washington, algunos analistas empezaron a advertir que el problema ya no pasa solamente por las intenciones de Beijing, sino también por cuánto está dispuesto Estados Unidos a sostener su respaldo histórico a la isla. Ryan Hass, ex director para China en el Consejo de Seguridad Nacional durante la administración Obama y actual investigador de Brookings Institution, viene señalando que las próximas decisiones de Trump sobre Taiwán podrían redefinir el alcance real de la tradicional “ambigüedad estratégica” estadounidense.
En los programas políticos de la televisión taiwanesa, las declaraciones de Trump circularon durante horas como una señal por lo menos preocupante. Algunos comentaristas hablaron directamente de una posible “fatiga estratégica” de Washington con la isla. Otros interpretaron que EE.UU. empezaba a relativizar su compromiso histórico con Taiwán.
Contrastes
En ese complejo contexto, Lai Ching-te aprovechó el segundo aniversario de su administración para reafirmar que Taiwán “no será sacrificada ni objeto de intercambio” en ninguna negociación entre China y Estados Unidos. “Nuestro futuro no puede ser decidido por fuerzas extranjeras”, insistió tras plantear que la isla “no puede ser tomada de rehén por el miedo, las divisiones o los intereses a corto plazo”.
Lai defendió la continuidad del vínculo militar con Washington, pero sin aparecer como un dirigente dispuesto a empujar una escalada: “Taiwán no provocará ni intensificará el conflicto, pero tampoco renunciaremos a nuestra soberanía, nuestra dignidad nacional y nuestro modo de vida democrático”.
El líder taiwanés, de hecho, insistió en una definición que Beijing considera políticamente explosiva: “La República de China y la República Popular China no están subordinadas entre sí”, sostuvo, reafirmando la posición de su gobierno de que Taiwán ya funciona de hecho como un Estado soberano. Más adelante fue todavía más lejos: “No existe la llamada cuestión de la independencia”, declaró, argumentando que la isla ya posee instituciones, gobierno, sistema político y fuerzas armadas propias.
Un editorial del Global Times planteó que la autopresentación de Lai como “guardián de la paz y la estabilidad” podría engañar a quienes desconocen las relaciones entre China y Taiwán. “Toda esta narrativa reproduce a la perfección el esquema retórico utilizado por ciertas fuerzas en Estados Unidos y otros países occidentales en los últimos años”, señaló el medio oficialista chino.
Su discurso también contrastó con una serie de episodios que la diplomacia china calificó como “pequeñas grandes victorias”. El canciller Wang Yi agradeció públicamente a Seychelles por revocar permisos de vuelo vinculados a Lai. En el Pacífico Sur, el electo primer ministro de las Islas Salomón, Matthew Wale, ratificó el reconocimiento al principio de una sola China. Casi al mismo tiempo, la Asamblea Mundial de la Salud volvió a rechazar, por décimo año consecutivo, la propuesta para incorporar a Taiwán como observador.
Aun así, resulta imposible soslayar que Estados Unidos mantiene cooperación militar, presencia naval y vínculos estratégicos con la isla, mientras varios gobiernos occidentales continúan respaldando la estabilidad del Estrecho.
La cuestión militar
La presión diplomática ya convive con señales militares cada vez más visibles. La Armada del Ejército Popular de Liberación desplegó esta semana un grupo de combate encabezado por el portaaviones Liaoning hacia aguas del Pacífico Occidental para realizar ejercicios de vuelo táctico y fuego real, según informó la agencia Xinhua. En algunos videos pudieron verse despegues nocturnos desde la cubierta y cazas atravesando el Pacífico Occidental. Nadie mencionó a Taiwán de manera explícita; tampoco hizo falta.
Especialistas militares consultados por medios chinos reconocieron que las maniobras buscan reforzar la disuasión frente a Taiwán y los actores externos. En Taipéi crece la percepción de que el margen para sostener el equilibrio entre Washington y Beijing se volvió más estrecho.
También cambió la discusión alrededor del complejo tema de las ventas de armas estadounidenses. Aunque la administración Trump aprobó en diciembre un paquete récord de armamento por 11.000 millones de dólares – que incluye desde misiles y drones hasta sistemas de artillería y software militar – otra partida adicional valuada en unos 14.000 millones todavía permanece sin autorización definitiva.
En otra declaración para el infarto de las autoridades taiwanesas, el presidente de EE.UU. sugirió que el tema podría quedar atado a la evolución de su relación con China: “Es una muy buena ficha de negociación para nosotros, francamente”, admitió en otra entrevista, alimentando todavía más las dudas en la isla.
Desgaste interno
Toda esa presión externa coincidió con una situación delicada puertas adentro de Taiwán. Apenas un día antes del “520”, Lai enfrentó una moción de destitución impulsada por el Kuomintang y el Partido Popular de Taiwán. La iniciativa finalmente fracasó, pero dejó expuesto el desgaste político que atraviesa su administración. La oposición reunió 56 votos a favor del juicio político, lejos de los 76 necesarios para avanzar, aunque suficientes para transformar la sesión parlamentaria en una advertencia para el oficialismo.
Las encuestas tampoco lo estarían ayudando demasiado a Lai. Un sondeo de TVBS, publicado pocos días antes del segundo aniversario de su mandato, mostró que el 38% de los consultados estaba satisfecho con su gestión, mientras que el 45% se declaró insatisfecho y el 17% no expresó opinión. Respecto al futuro de la administración, el estudio reveló que el 51% ya no tiene confianza en él.
Para académicos de la Universidad de Tsinghua como Zhu Guilan, el núcleo de este malestar civil radica en el costo económico y estratégico de sostener una confrontación directa con el continente. Sin embargo, la analista taiwanesa Yi-Chuan Chiu, especialista en política del Indo-Pacífico y columnista de The Diplomat, plantea que la verdadera prueba para Taipéi no fue la foto de la cumbre entre Xi y Trump, sino la capacidad de resistencia real que demuestre la isla para sobrevivir a la presión simultánea de Beijing y las dudas de Washington
Durante décadas, el 520 funcionó bajo una lógica relativamente estable: China reafirmaba sus reclamos sobre la isla, Taiwán defendía su autonomía política y EE.UU. mantenía la ambigüedad suficiente para sostener el equilibrio. Esta vez, sin embargo, esa dinámica comenzó a correrse. Beijing elevó la presión, Trump introdujo dudas que hacía tiempo no se escuchaban en la isla y Taipéi volvió a comprobar hasta qué punto su estrategia depende de factores externos que no maneja.
Ahí está la verdadera trampa.