-dos hermanas que siempre terminan peleando-
Mauricio Riofrío para El Vanguardista
La mentira jamás viaja sola, suele caminar del brazo de la vanidad, esa enfermedad elegante que obliga, a ciertas personas, a inventarse una altura moral que no poseen, una inteligencia que jamás demostraron o una heroicidad que solo ocurrió en los suburbios de su imaginación. Hay gente que miente con elegancia y cuando cree que tiene a todo el mundo en la canasta, se tropieza con la alfombra.
El mentiroso-vanidoso no miente para salvarse, miente para ser admirado, precisamente ahí reside su tragedia y su comedia, porque el embustero, víctima de su tontería, necesita público, aplausos y ovación final, precisamente por eso, termina descubierto.
Escribía Mark Twain: “Si dices la verdad, no tienes que recordar nada”. La frase, repetida durante generaciones, contiene una formidable posición filosófica. El mentiroso vive una vertiginosa agenda, condenado al cálculo de sus propias versiones, debe recordar qué dijo, cuándo lo dijo y frente a quién lo dijo. La verdad, en cambio, con apacible sosiego descansa en la vereda de enfrente.
La historia humana está llena de farsantes que terminaron convertidos en caricaturas, políticos que fingieron valentía mientras escapaban disfrazados, presidentes y banqueros que juraron honestidad con cuentas secretas en paraísos fiscales y revolucionarios austeros que poseían más relojes que un joyero suizo. La vanidad los volvió torpes, querían parecer gigantes y acabaron exhibiendo el tamaño real de sus miserias.
Recuerdo una anécdota leída en un cuento de Chejov, un hombre presumía de haber estudiado en las mejores aulas de Europa, de hablar cinco idiomas y mantener amistad epistolar con la crema y nata de la literatura, cada tarde ocupaba la mesa principal del café y los parroquianos lo escuchaban fascinados, hasta que un día llegó un anciano extranjero de exquisita cultura y comenzó a hablarle en francés, el supuesto políglota respondió con una mezcla de sonidos que parecían el estornudo de una cabra enferma. El café entero a la expectativa guardó silencio, el anciano lo miró con misericordia y preguntó: “¿En qué idioma acaba usted de defenderse?”. Desde entonces, el hombre dejó de hablar de la academia europea y comenzó a criticar el clima.
Así suelen morir las mentiras, no en medio de una tragedia shakespeariana, sino bajo la luz ridícula de una escena cómica de Chespirito, porque el destino posee un humor cruel y acostumbra desnudar a los vanidosos en el instante exacto en que se sienten más admirados.
La vanidad convierte a las personas en actores permanentes, no viven, sino que interpretan, no conversan, más bien pontifican y declaman, no piensan, únicamente posan y cuando finalmente la mentira se derrumba, lo que queda no es solamente el engaño descubierto, sino algo peor, el espectáculo penoso de alguien que olvidó quién era realmente. Ante estas tristes circunstancias, el silencio es un epitafio.
Quizá por eso, la sinceridad y transparencia conservan una belleza antigua y entrañable, el ser humano justo y sensato puede equivocarse, pero duerme tranquilo. El vanidoso, en cambio, pasa la noche corrigiendo versiones, borrando huellas y ensayando discursos frente al espejo, ese espejo doméstico que es un tribunal y verdugo implacable donde los farsantes terminan condenados, sin poder escapar de sí mismos.