Diciembre no puede ser un paréntesis emocional…
No basta con adornar la ciudad y nuestras conductas para luego volver, en enero, a la indiferencia y a la convivencia en piloto automático.
Esta época, entre celebraciones, tradiciones y tensiones públicas,
nos recuerda que Quito necesita una ciudadanía y una política más concientes, menos reactivas y más coherentes.
En estos días hemos visto debates encendidos. Y está bien discutir: una ciudad viva discute, lo que no está bien es escoger nuestras indignaciones.
Ningún acto simbólico debería conmocionarnos más que lo que realmente duele: homicidios en aumento, accidentes que arrebatan vidas cada semana, inseguridad cotidiana y falta de prevención para miles de familias.
Si lo simbólico pesa más que lo estructural, fallamos como sociedad.
Diciembre debería enseñarnos una tolerancia inteligente: apertura para reconocer la diversidad de la ciudad y prudencia para cuidar nuestros espacios públicos, especialmente aquellos que forman parte del patrimonio y la memoria colectiva.
Y la política debe elevar la vara.
No basta con lamentar lo que incomoda: hay que actuar sobre lo que amenaza.
No basta con viralizar polémicas: hay que exigir respuestas sobre seguridad, movilidad, riesgos y gestión responsable de la ciudad.
Que diciembre no se quede en luces y villancicos.
Que nos empuje a reclamar una política valiente, una ciudadanía despierta y una ciudad que no solo se conmueva, sino que se mueva.
Que la reflexión no expire el 31 de diciembre.
Que se convierta en acción todo el año.
Porque Quito —diversa, compleja, desafiante— no necesita una política que reaccione:
necesita una política que piense, actúe y se haga cargo.




